lunes, 16 de marzo de 2009

Ángel Caído II


Su llanto agresivo entorpeció mis sueños
y tumbé mis ojos, bajo telas blancas, por si la amaba.

El filo del viento le rasgó las alas
y entre gritos y llanto escupí mi fiebre, iracundo.

Amenazas y sangre vomitó ferviente hacia la niebla
y ya su piel no descendió del cielo, ni sabía dulce, su mirada.

Ya no había un ángel, entre tanta peste
ya no había razones más, para querer, para matar.

Y nadie mereció morir entonces, porque nadie mereció,
ninguno de los dos: más palabras dulces, ni más sangre.

Así, blanqueé mis ojos rojos, arañados
y esparcí su muerte por mi senda.

Nunca más volver, a saber…
Le quité las alas y saltó a mirar que había, bajo las estrellas.

Yo la maté, porque le di la vida
y le quité las alas, para que sangrara.

Yo la traje de vuelta, y caminó desnuda
por primera vez entonces, pude apuñalarla, y sonreí...

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