La ceniza se aferró de Dios
se postró en su manto opaco, claro y negro
se aferró a su magia clandestina, natural, grotesca y simple
y le dio su vida, sus segundos y su aire puro, sus soplidos
consiguió cadenas para no perderlo y se hizo suyo
para no perder los símbolos, las esperanzas y la vida.
La ceniza se cansó en instantes, pero lo apretó
con tal intensidad que Dios tragó su aire, su piel, se la tragó
su dinero; su imperio fue su masa, su vasija
y luego se inspiró en palabras dulces y acertó.
La ceniza se jactó del tiempo que osaba resistir
y que Dios la acompañaba
por si en rezos fuere alguna vez de pronto y sin soñarlo piel
la ceniza lo deseaba, renacer, en alma, en cuerpo
y besó su barba, pies y cara;
la ceniza se voló, mas pretendió volver
y le costó su vida la intención, su deseo
le costó la vida y besos, vida y rezos
le costó mentiras y la eternidad.
Al final lo entiendo -dijo-, al final
soy ceniza, fui alma y piel
fui sangre y sien
ya no queda nada,
y ni Dios me puede devolver
lo que nunca tuve, lo que ya perdí
VIDA.
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