jueves, 5 de noviembre de 2009

Mi camino


Caían nombres, como frutos a la hierba
todos secos, todos anchos y gruesos, maltraídos
caían con penuria y balbuceaban rezos
palabras decían sus bocas y sangre traían sus líneas
sus tildes venían de puntas al suelo, cual flechas
herían al mismo pasto en que ya todos yacen.
Y yo pensaba: tantos nombres y tantos caen, y todos mueren.

Preferí alejarme, caminar
preferí que el viento hiciera suyo mi destino
volar, entremedio del tiempo, volar
entremedio del miedo, de su sucia boca, del oxígeno perdido
rodar cerro arriba, romper la gravedad y transar con la muerte
hacer cambalaches: yo doy nombres, ella vida eterna.

Soledad dio un grito de espanto, de pronto
Soledad dio un grito y me asusté
con un ademán de furia se abrazó a mis dientes
rasguñó mis ojos y me hizo titubear, si tragar o escupir
y se quedó allí, estancada, en mi garganta
como un zumbido en mi oídos, me mordió
y calmó mi silencio
y pude gritar
… otro nombre al suelo, otra flecha al pasto
y yo tendido, fui testigo de sus rezos,
de las palabras bellas al final de su agonía.

Hoy me he dado cuenta:
soy pastor de mis caminos, viajo
hecho abajo las trincheras, las cubro de tierra
planto unas semillas y camino libre, sobre ellas
las aplasto con mis pies y mis ovejas, mis latidos
con mis sentimientos lanudos, gordos, atiborrados
y las dirijo al norte, donde puedan dormir tranquilas.

Por estos días no hay establos, no hay parada
basta caminar, basta con pisar sus nombres
y beber de algunas aguas por momentos
en oasis predilectos de mis labios
a través de las cadenas montañosas, entre las rocas
por debajo de la luna, entre noches y entre días.

Hoy estoy tranquilo, porque vuelvo a caminar…

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